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El aislamiento impuesto tiene un efecto similar al del hambre

El confinamiento y el distanciamiento han evidenciado todo tipo de problemas,
conflictos y efectos de los humanos sobre el planeta, y ha hecho más evidente lo
necesario que es relacionarse con otras personas y lo mucho que se necesita el
contacto con los otros.
El tiempo a solas es necesario, para estar con uno mismo, para reflexionar y dejar
que la creatividad fluya. Y este tiempo a solas no significa necesariamente
soledad. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el tiempo a solas es un tiempo que se
impone?
Gillian Matthews, una científica del Departamento de Ciencias Cerebrales y
Cognitivas del Massachusetts Institute of Technology (MIT), dirigió un experimento
en el que aislaron durante 24 horas a un grupo de ratones.
Durante ese período de aislamiento, cada vez que un ratón buscaba interacción
con otros ratones, las neuronas de la dopamina se disparaban. La actividad de
estas neuronas tiene patrones similares a aquellos que se disparan cada vez que
se tiene antojo de algo, ya sea comida o drogas.
De acuerdo con este estudio, el aislamiento al que se sometió a estos pequeños
ratones desencadenó un estado parecido al de la soledad, que provocaba que los
ratones buscaran interactuar con sus compañeros.
Este tipo de experimentos y después la lectura de sus resultados divulgados en
artículos científicos debe leerse e interpretarse con mucho cuidado, pues en
ningún momento el estudio sugiere que el comportamiento de los ratones sea
igual que el de los humanos.

Es por eso que la candidata posdoctoral Livia Tomova se inspiró en el
experimento de Matthews para tratar de entender el comportamiento neuronal de
humanos en aislamiento. Pero como ya se dijo, las condiciones de un animal no
son equiparables, ni siquiera en el ambiente “controlado” de un laboratorio, por lo
que el equipo de Tomova se encontró con diversos obstáculos metodológicos.
Por ejemplo, un día en aislamiento no es tanto tiempo para un humano, la
experiencia de soledad puede recuperarse rápidamente en días subsecuentes, ya
sea al hacer llamadas, escribir mensajes o al convivir con más personas. A
diferencia de los ratones, que solo con 24 horas en aislamiento ya presentaban
una actividad neuronal significativa.
Para esto, el equipo de Tomova le pidió a 40 adultos sanos que pasaran 10 horas
al día (de 9:00 a 19:00 horas) en total aislamiento, es decir, sin ningún tipo de
interacción social, cara a cara o a través de redes sociales, mensajes de texto o
llamadas.
Otro gran obstáculo metodológico fue la capacidad para medir las respuestas
neuronales en las regiones relevantes del cerebro. Esto además fue un reto
técnico, pues las regiones más relevantes del cerebro de los ratones son muy
pequeñas.
Para esto se usó un sistema de mapeo cerebral de última tecnología para
identificar las áreas relevantes en cada cerebro de los cuarenta participantes, de
manera que se obtuvieron cuarenta mapas específicos a cada persona.
Por último, los investigadores no estaban seguros de si podían medir las señales
neuronales asociadas con el deseo, con esas ganas de querer interactuar con
alguien más. Para resolver este obstáculo le pidieron a los participantes que
observan imágenes de sus actividades favoritas y de sus comidas preferidas

Después de que cada participante pasara 10 horas en aislamiento o en ayunas,
tenía que ir al laboratorio para que su cerebro fuera escaneado y así se registrará
la actividad cerebral en la región asociada con las experiencias subjetivas
provocadas por el antojo de cierta comida o del consumo de drogas.
Después de 10 horas aislados o sin comer, los participantes mostraban el deseo
de interacción social, sentimientos de soledad, incomodidad y una disminución del
sentimiento de felicidad, todo con respecto a las mediciones iniciales. Resultados
similares se registraron después del mismo tiempo de ayuno.
Los investigadores también encontraron una actividad similar en el cerebro en
respuesta a las señales de comida después de ayunar y a las señales sociales
después del aislamiento. La respuesta fue variable entre cada uno de los 40
participantes, y los que expresaron una mayor ansia social después de su período
de aislamiento mostraron una respuesta mayor en el cerebro después de los
estímulos sociales (las imágenes de sus actividades favoritas).

Los resultados de este estudio tienen implicaciones sustanciales en la
comprensión de cómo funciona el cerebro de los humanos cuando pasan
determinado tiempo en aislamiento o con muy pocos estímulos sociales, además
de que los resultados son consistentes con los del experimento con ratones.
De acuerdo con la hipótesis, dado que la interacción social es una necesidad
fundamental, los animales desarrollaron el sistema neural para regular la
homeostasis social, que es la propiedad de los organismos vivos de ser capaces
de mantener una condición estable con respecto a los cambios en su entorno.
Hoy en día, estas dos investigaciones tienen una gran importancia, ya que abren
camino para entender cada vez más los efectos sociales que tienen los diferentes

tipos de interacciones en determinadas condiciones externas a los entes
individuales.
A la par, se abre el cuestionamiento de si este tipo de impacto en las interacciones
sufre algún cambio con el incremento en el uso de la tecnología (videollamadas,
redes sociales servicios de mensajería, etcétera). Surge también la interrogante de
qué tanto y de qué manera impacta el uso de la tecnología con respecto a la edad
de las personas.
Una de las declaraciones de Livia Tomova a raíz de su investigación es que ella
destaca la importancia que tiene estar conectados con otros seres humanos. Si
con estar aislados solo un día el cerebro responde como si se hubiera dejado de
comer, esto indica que el cerebro es extremadamente sensible a la experiencia de
estar solos.
Hoy más que nunca, en tiempos en los que el distanciamiento físico es necesario,
es mucho más importante poner atención a las personas que viven solas y que
tienen un acceso limitado al uso de la tecnología.

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